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Septiembre

27 septiembre, 2010

Septiembre tiene esas cosas. Las que no lo hacen ser igual al resto. Ésas. Que me cambiaron la vida. Y que lo siguen haciendo. No me trae el amor, no me trae la primavera, no me trae nada. Solo me acerca tu recuerdo. Y tu imagen imborrable en mi mente. Las discusiones sin sentido. Los abrazos de los sábados. Las cervezas en el patio de casa. La voluntad inquebrantable; ésa que no heredé. Los olores a hospital y vendas de yeso. La firma en mi cuaderno de comunicaciones. Las fotos sin sonrisas. Los abrazos de Nochebuena. Las mañanas de misa. Las tareas de mi hermana. El esfuerzo pleno. La entrega absoluta y resignada. El amor. El trabajo. El amor al trabajo. El amor a la familia. El liderazgo positivo. La voz que ordena. La cohesión. Las peleas sin sentido. Las discusiones subidas de tono. Nuestros temperamentos opuestos. Sentarme al lado tuyo. Conocer a mi novia. Entregarle tu mas preciado tesoro. Tu presencia constante. Tu lugar en la mesa que siempre fue tuyo. El 1886 que no olvido, pero tampoco visito tanto. La mesura. La conciencia. Dar todo por los demás. Dar más por nosotros. Dar. Enseñar. Aprender.

Septiembre tiene esas cosas.

Pero cada día pienso mas. Siento menos. Admito con menos dolor. Recuerdo. Sonrío. Y se. Se que nadie muere. Que sólo nos vamos para volver a nacer. Como hoy. Como todos los días.

En estas cuestiones, la fecha es sólo una anécdota.

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Miércoles

14 agosto, 2010

Matías sacudió la pelota con toda su fuerza y se estrelló en el poste. Le sacudió un poco la tierra que tenía, al grito de ‘Uhh’ de todos los que estábamos jugando. Pero todo esto empezó una hora antes. Nos juntamos en la casa de mi abuela para partir todos juntos hacia el complejo. La casa de mi abuela es punto de unión porque nos queda a medio camino a todos, así que no hay excusas.

Generalmente llegamos primero Maxi, mi primo,y yo. Aprovechamos para contarnos cómo anda la familia, el trabajo. Me cuenta de su nuevo auto. Le cuento de mi congreso. Nos ponemos al día. A pesar de que hace sólo unos días no nos vemos.

Luego llegan Matías, Lucas, Ezequiel y Nicolás. Los más chicos. Vienen caminando los tres juntos con sus bolsitos bajo el brazo, haciendo ruido con los tapones cuando pisan algún mosaico en las veredas. Traen su juventud. Sus ganas de aprender. Matías y Lucas son hijos de hermanas de mi mamá. Nicolás y Ezequiel, son sus amigos del colegio. Ya empezamos a ser más. Comenzamos a charlar y a llamar a los que están demorados.

Algunos llaman diciendo que van directamente hacia allá. Otro que los esperemos y vayamos pidiendo un taxi. Y comienza entonces el ritual. Adelante Maxi, charlando con el chofer. Detrás los más chicos y yo. Apretados. Total el viaje no es largo. Comenzamos a charlar sobre lo que será el partido. Sobre quienes vamos a jugar. Cómo vamos a dividir a los equipos o la posibilidad de alquilar una nueva cancha porque cada vez somos más.

Llegamos. Vamos a cambiarnos. Nos ponemos las zapatillas, algunos vendas. Otros ya van vendados. Se charla. Se ríe. Se empieza a respirar clima de rivalidad. De compañerismo. De vestuario de amigos. O no tanto.

Ahí ya estaba el resto. Saltamos a la cancha y empezamos a dividirnos para cada lado. ‘Vos allá’. ‘Maxi acá’. ‘Vení Lucas para este lado’. Y el clásico dilema de quien comienza yendo al arco. Se elige. Se mueve. Se empieza a jugar.

Y desde el fondo, los veo y me pongo a pensar en la oportunidad única que nos dan los miércoles para el reencuentro. Para jugar un poco. Para pegarnos unos gritos. Algunas puteadas. Voy viendo cómo crecen mis primos (es que yo soy el más grande de todos). Los veo grandes. Los veo adultos. Cada tanto rechazo de cabeza o salgo a cortar el avance de un rival. Vuelvo hacia el área.

Hace dos meses que empezamos a cultivar el culto del futbol entre amigos. Deporte. Diversión. Despeje. Nos viene bien a todos. Nos une. Nos hace más familia. Más amigos. Más cercanos. Se charla antes. Se juega. Después se comparte una gaseosa y unos sándwiches de jamón y queso. Hay todo un espíritu de cordialidad. Las peleas quedan adentro del rectángulo. Y lo sabemos. Porque todos queremos conservar esa costumbre. Yo miro desde afuera. Trato de sacar fotos mentales. De tomar palabras. Chistes. Futuras anécdotas. Y cada uno a su casa.

El resultado del partido no importa. Nunca importa. Yo rescato otras cosas. El encuentro o algunos gestos. Como el de Maxi. Cuando Matías sacudió la pelota con toda su fuerza y se estrelló en el poste, sacudiéndole un poco la tierra que tenía, al grito de ‘Uhh’ de todos los que estábamos jugando. Para que en medio del estupor, él apareciera e hiciera el gol justo cuando nos venían a avisar que la hora había terminado. Y corrió hasta el arco. Y saltó sobre mí. Y gritamos ‘¡Gol!’ abrazados. Qué importa el resultado. Si al final de cuentas, ese día ganamos todos.

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Dia del niño

9 agosto, 2010

Recuerdo que cada día del niño se vivía de forma especial en mi casa. En la impaciencia que uno tiene como niño de querer que llegue rápido la mañana para correr a despertar a los padres y buscar el tan preciado obsequio. Tan celosamente escondido. Pues uno sabía que en algún lado tenía que estar, pero nunca podíamos encontrarlo.

Uno despertaba temprano ese día. Cerca de las 8 de la mañana. Lo automático era ir corriendo a la cama de mis padres y tirarme sobre ella. Era raro despertarlos, por lo general esperaban semidespiertos, escuchando por radio ‘Hola Domingo’ como era habitual. Allí venían los saludos de papá y mamá. Los besos y los mimos respectivos. Y luego, lo deseado. El regalo.

De todos los regalos que me fueron dando recuerdo algunos con mas claridad que otros. En parte culpa de los años y en parte porque quizás algunos coincidían con ciertos eventos que los hacían más memorables. O más dignos de ser recordados.

Recuerdo así mi primera pelota de fútbol. A los 7 años. Era blanca. Tenía algunas líneas azules y rojas y en mis manos parecía un globo aerostático. Yo recuerdo que pasaba mis dedos por la costura de los cascos y olfateaba el olor a cuerina nueva. Todavía suave. Lisa. Recuerdo ir corriendo a buscar a mi primo para que fuéramos a patear en el ‘campito’ al lado de casa. Yo era Bevilacqua. El era Irusta. Y viceversa. Dependiendo de si uno atajaba o atacaba.

También tengo presente el día en que me regalaron un autito a fricción. Porque ese día perdí un diente de leche mordiendo un pedazo de pan. Era rojo. Se le podían abrir las puertas y el capot. Y si le movías una palanquita que estaba debajo, las luces aparecían o se ocultaban en la carrocería. Era velocísimo. Y yo lo llevaba por las rutas que inventaba en el comedor, en la mesa. Y atravesaba ciudades. Imaginaba montañas. Valles. Túneles. Pueblos. Y yo dentro del autito. Manejando con la cara al viento, pues me olvidé de mencionar que era descapotable.

Así recuerdo otros tantos. Ya de mas grande me regalaron un televisor. Tuve también zapatillas. Otras pelotas de futbol. Ropa. Aquellos clásicos calzoncillos que venían dentro de una caja de cartón cuya forma imitaba la de un colectivo. Y tantos mas que la memoria ha dejado de lado.

Hoy son sólo anécdotas. Hoy que uno ya tiene la edad en la que comienza a ser el que planifica los regalos para los niños, sólo puede acceder al recuerdo. A la nostalgia. A la emoción de la cara de un niño feliz con su regalo. Pero mas no. A veces sospecho que con cada acto de nuestra vida vamos matando un poco del sueño de aquel niño que sigue dentro de cada uno. Vamos perdiendo la inocencia y nos vamos volviendo mediocres, realistas, egocéntricos; perdemos la capacidad de asombro. De perder el tiempo en cosas simples. Perdemos la posibilidad de ser felices con lo mínimo.

Crecemos. Maduramos. Y vamos dejando de lado eso. Ya no nos levantamos corriendo a la cama de nuestros padres. Ya no abrimos ansiosos los envoltorios que no eran más que un obstáculo duro de romper. No buscamos presurosos a nuestros amigos para ir a compartir lo que cada uno obtuvo y jugar todos juntos. Vamos creciendo.

Y en ese dolor que implica crecer, es mi padre quien logra demostrarme que no todo está perdido. Y con un simple gesto logra llevarme nuevamente a esa edad. Porque con un simple mensaje de texto diciendo ‘Feliz día, Pablo’; logró llevarme de nuevo a esas mañanas. A ‘Hola Domingo’ en la radio. A caer sobre su colchón. A sus mimos. Sus saludos. Al autito rojo. A la pelota. A la infancia. A tener ganas de correr a ustedes, amigos, para mostrarles mi regalo, el guiño que me dio mi papá para sentir que, al menos por hoy, puedo jugar a ser un niño.

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Motivational #5

3 agosto, 2010

Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte es fatigar las largas soledades que tejen y destejen este Hades y ansiar mi sangre y devorar mi muerte. Nos buscamos los dos. Ojala fuera éste el último día de la espera.

Jorge Luis Borges

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Azulejos

3 agosto, 2010

Puse a hervir el agua para tomar unos mates y mientras esperaba que se calentara me quede mirando los azulejos detrás de la cocina. Están puestos mas o menos desde que la casa fue construida. Son rectángulos de 20 x 15 de color beige y que repiten de modo geométrico un motivo con una cesta cargada de cerezas. Con unas palabras en francés que (intuyo) es la descripción de la imagen. Los azulejos están afectados por el tiempo, por el calor. Se ven los contornos algo grasosos. La línea que separa uno de otro se que solía ser amarilla. Ahora es oscura.

Y los miro. E imagino. Y recuerdo. Y giro mi cabeza y veo detrás nuestra antigua heladera. Era bajita, apenas de 1.60. No tenía freezer. Era marrón. Y a la derecha veo la mesa. Cuadrada. Revestida con laminas símil madera y con una base de caños algo tosca. La veo con los bordes ajados y separados por la humedad donde podías ver el terciado del aserrín.

Y voy por el pasillo a la habitación de mis padres. Con el viejo placard que en vez de perillas, tenía unos aros para asir y abrir la puerta. Apenas dos. Y unos cajones por debajo, dos de cada lado. Para las cosas de él. Para las cosas de ella. La cama, que no era sommier, era cama. Con listones de madera. Con patas cuadradas. Duras. Con dos mesas de luz, con vidrio por encima y entremedio algunas fotos de su casamiento y de mi cuando tenía un año.

Y atravesando la puerta corrediza mi habitación. Con la misma cama que tengo ahora. Con las mismas marcas en la madera que supe hacer cuando era más joven. Mi nombre. Alguna otra cosa escrita. Nada con mucho sentido. Mi ropero. Amarillo. Que me parecía enorme y que cuando lo veo hoy lo veo mínimo. Los cajones. Escondidos tras las puertas. Que aun tienen el mismo problema para abrirse. Se traban y hay que correrlos suavemente, para que salga parejito.

Mi antigua casa. La misma de ahora. Pero la de antes. La que era antes de todos los cambios. La que cobijó mi infancia. La que vio escribir mis primeras líneas de ficción. Donde aprendí inglés, mirando películas. Detrás de ese azulejo manchado de años y grasa y tiempo.

El agua comenzó a hervir y tuve que volver rápidamente a la situación inicial. Vacié la pava. Volví a llenarla de agua y la puse nuevamente sobre el fuego. Volví al azulejo. Volví a mi antigua casa. Pues todavía me faltaba recorrer el living y el patio.

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Cumpleaños

30 julio, 2010

Nos quedamos mirando media hora. Te quedaste jugando con mi flequillo como a vos te gusta. Me quedé jugando con tus dedos como a mi me gusta. Charlamos de cosas sin sentido. Nos reimos de historias que vivimos. Nos contamos muchas cosas que vivimos desde febrero. Hicimos un raconto de cada una de las vicisitudes que se nos pusieron en el camino.

Te acostaste en mi pecho. Y ahí dijiste muchas cosas que te lastimaban. Te liberaste de algunas cargas que la relación te fue poniendo en la espalda. Lloraste un poco, y aunque trataste de ocultarlo senti como una de esas lágrimas se asomó hasta mi mano derecha.

Cantamos tu cumpleaños. Festejamos con un abrazo. Un beso. Caricias. Luego bajaste a tomar un café. Yo también tomé uno. Sentados en la mesa sin decirnos mas. Sólo lanzando algún comentario cuando veíamos algo gracioso en el televisor. Reimos un poco mas. Y ya tenías que irte.

Te acompañé y te despedí. Nos dijimos un ‘Te amo’ escondido. Volviste a tu vida y yo a la mia. Volvimos a tratar de olvidarnos un poco, luego de hacer las paces por unas horas.

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Insomnio

29 julio, 2010

‘The last refuge of the insomniac is a sense of superiority to the sleeping world.’

Leonard Cohen

El disco giró por tercera vez consecutiva y todavía no logré conciliar el sueño. Doy vueltas en la cama, desarmo las sábanas y acomodo de mil formas la almohada, buscando que una nueva posición me traiga el descanso. Pero no lo consigo. Sigo despierto. Un poco más, cada vez.  Y empiezo a pensar en todas las cosas que me atormentan. Quizás me expreso de un modo exagerado. Pero el asedio de las ideas que son atraídas por el insomnio se torna insoportable y soy incapaz de rehusarme a sus efectos.

Pienso. Callo. Río. Sonrío. Recuerdo circunstancias extrañas. Imagino futuros borrosos. Inconclusos. Inertes. Dibujo con el dedo sobre la pared formas irresolutas. Voy contando puntos sobre el techo. Sobre las paredes. Hago foco en el picaporte de la puerta. Miro el metal. Miro la madera ajada y mal pintada. Acometo contra el colchón. Suspiro. Trato de respirar con fuerza, exhalando con cierta notoriedad. Busco en ellas el reposo. Múltiples intentos similares. Fútiles todos ellos. Oigo ruidos. Llevo mis oídos hacia ellos. Trato de distinguir. Un golpe de puerta.  Un objeto que cae. Alguna persiana que se cerró por el viento. No lo descubro. Lo dejo de lado. Vuelvo a mi tarea. Cierro los ojos otra vez. Imagino. Pienso. No descanso. No lo logro.

Veo la hora. Madrugada. Otra vez. Maldita madrugada. Malditos amaneceres. Maldito quien haya pensado que verles es una bendición. Malditos los noctámbulos. Malditos reyes de la noche. Malditos ustedes a los que el día les devora las ínfulas. Malditos cobardes que huyen de la luz buscando paz en el manto oscuro de la noche. Malditos seres que invaden un territorio inhóspito. Malditos buscadores de minucias que no son capaces de conseguir asirse en la luz intensa del día. Malditos cobardes que no tienen más ocupación que venir a tomar la mente de un pobre individuo que sólo quiere descansar. Malditos sean todos. Los que ahora aprovechan para regocijarse en mi pena. En mi  suplicio nocturno. Malditos los pensamientos que viven y laten más fuerte que nunca, cuando el sol alumbra otras partes del mundo. Algún día habrán de necesitar ustedes el reposo.

Y ahí estaré yo, para presentarles batalla.