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Miércoles

14 agosto, 2010

Matías sacudió la pelota con toda su fuerza y se estrelló en el poste. Le sacudió un poco la tierra que tenía, al grito de ‘Uhh’ de todos los que estábamos jugando. Pero todo esto empezó una hora antes. Nos juntamos en la casa de mi abuela para partir todos juntos hacia el complejo. La casa de mi abuela es punto de unión porque nos queda a medio camino a todos, así que no hay excusas.

Generalmente llegamos primero Maxi, mi primo,y yo. Aprovechamos para contarnos cómo anda la familia, el trabajo. Me cuenta de su nuevo auto. Le cuento de mi congreso. Nos ponemos al día. A pesar de que hace sólo unos días no nos vemos.

Luego llegan Matías, Lucas, Ezequiel y Nicolás. Los más chicos. Vienen caminando los tres juntos con sus bolsitos bajo el brazo, haciendo ruido con los tapones cuando pisan algún mosaico en las veredas. Traen su juventud. Sus ganas de aprender. Matías y Lucas son hijos de hermanas de mi mamá. Nicolás y Ezequiel, son sus amigos del colegio. Ya empezamos a ser más. Comenzamos a charlar y a llamar a los que están demorados.

Algunos llaman diciendo que van directamente hacia allá. Otro que los esperemos y vayamos pidiendo un taxi. Y comienza entonces el ritual. Adelante Maxi, charlando con el chofer. Detrás los más chicos y yo. Apretados. Total el viaje no es largo. Comenzamos a charlar sobre lo que será el partido. Sobre quienes vamos a jugar. Cómo vamos a dividir a los equipos o la posibilidad de alquilar una nueva cancha porque cada vez somos más.

Llegamos. Vamos a cambiarnos. Nos ponemos las zapatillas, algunos vendas. Otros ya van vendados. Se charla. Se ríe. Se empieza a respirar clima de rivalidad. De compañerismo. De vestuario de amigos. O no tanto.

Ahí ya estaba el resto. Saltamos a la cancha y empezamos a dividirnos para cada lado. ‘Vos allá’. ‘Maxi acá’. ‘Vení Lucas para este lado’. Y el clásico dilema de quien comienza yendo al arco. Se elige. Se mueve. Se empieza a jugar.

Y desde el fondo, los veo y me pongo a pensar en la oportunidad única que nos dan los miércoles para el reencuentro. Para jugar un poco. Para pegarnos unos gritos. Algunas puteadas. Voy viendo cómo crecen mis primos (es que yo soy el más grande de todos). Los veo grandes. Los veo adultos. Cada tanto rechazo de cabeza o salgo a cortar el avance de un rival. Vuelvo hacia el área.

Hace dos meses que empezamos a cultivar el culto del futbol entre amigos. Deporte. Diversión. Despeje. Nos viene bien a todos. Nos une. Nos hace más familia. Más amigos. Más cercanos. Se charla antes. Se juega. Después se comparte una gaseosa y unos sándwiches de jamón y queso. Hay todo un espíritu de cordialidad. Las peleas quedan adentro del rectángulo. Y lo sabemos. Porque todos queremos conservar esa costumbre. Yo miro desde afuera. Trato de sacar fotos mentales. De tomar palabras. Chistes. Futuras anécdotas. Y cada uno a su casa.

El resultado del partido no importa. Nunca importa. Yo rescato otras cosas. El encuentro o algunos gestos. Como el de Maxi. Cuando Matías sacudió la pelota con toda su fuerza y se estrelló en el poste, sacudiéndole un poco la tierra que tenía, al grito de ‘Uhh’ de todos los que estábamos jugando. Para que en medio del estupor, él apareciera e hiciera el gol justo cuando nos venían a avisar que la hora había terminado. Y corrió hasta el arco. Y saltó sobre mí. Y gritamos ‘¡Gol!’ abrazados. Qué importa el resultado. Si al final de cuentas, ese día ganamos todos.