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Dia del niño

9 agosto, 2010

Recuerdo que cada día del niño se vivía de forma especial en mi casa. En la impaciencia que uno tiene como niño de querer que llegue rápido la mañana para correr a despertar a los padres y buscar el tan preciado obsequio. Tan celosamente escondido. Pues uno sabía que en algún lado tenía que estar, pero nunca podíamos encontrarlo.

Uno despertaba temprano ese día. Cerca de las 8 de la mañana. Lo automático era ir corriendo a la cama de mis padres y tirarme sobre ella. Era raro despertarlos, por lo general esperaban semidespiertos, escuchando por radio ‘Hola Domingo’ como era habitual. Allí venían los saludos de papá y mamá. Los besos y los mimos respectivos. Y luego, lo deseado. El regalo.

De todos los regalos que me fueron dando recuerdo algunos con mas claridad que otros. En parte culpa de los años y en parte porque quizás algunos coincidían con ciertos eventos que los hacían más memorables. O más dignos de ser recordados.

Recuerdo así mi primera pelota de fútbol. A los 7 años. Era blanca. Tenía algunas líneas azules y rojas y en mis manos parecía un globo aerostático. Yo recuerdo que pasaba mis dedos por la costura de los cascos y olfateaba el olor a cuerina nueva. Todavía suave. Lisa. Recuerdo ir corriendo a buscar a mi primo para que fuéramos a patear en el ‘campito’ al lado de casa. Yo era Bevilacqua. El era Irusta. Y viceversa. Dependiendo de si uno atajaba o atacaba.

También tengo presente el día en que me regalaron un autito a fricción. Porque ese día perdí un diente de leche mordiendo un pedazo de pan. Era rojo. Se le podían abrir las puertas y el capot. Y si le movías una palanquita que estaba debajo, las luces aparecían o se ocultaban en la carrocería. Era velocísimo. Y yo lo llevaba por las rutas que inventaba en el comedor, en la mesa. Y atravesaba ciudades. Imaginaba montañas. Valles. Túneles. Pueblos. Y yo dentro del autito. Manejando con la cara al viento, pues me olvidé de mencionar que era descapotable.

Así recuerdo otros tantos. Ya de mas grande me regalaron un televisor. Tuve también zapatillas. Otras pelotas de futbol. Ropa. Aquellos clásicos calzoncillos que venían dentro de una caja de cartón cuya forma imitaba la de un colectivo. Y tantos mas que la memoria ha dejado de lado.

Hoy son sólo anécdotas. Hoy que uno ya tiene la edad en la que comienza a ser el que planifica los regalos para los niños, sólo puede acceder al recuerdo. A la nostalgia. A la emoción de la cara de un niño feliz con su regalo. Pero mas no. A veces sospecho que con cada acto de nuestra vida vamos matando un poco del sueño de aquel niño que sigue dentro de cada uno. Vamos perdiendo la inocencia y nos vamos volviendo mediocres, realistas, egocéntricos; perdemos la capacidad de asombro. De perder el tiempo en cosas simples. Perdemos la posibilidad de ser felices con lo mínimo.

Crecemos. Maduramos. Y vamos dejando de lado eso. Ya no nos levantamos corriendo a la cama de nuestros padres. Ya no abrimos ansiosos los envoltorios que no eran más que un obstáculo duro de romper. No buscamos presurosos a nuestros amigos para ir a compartir lo que cada uno obtuvo y jugar todos juntos. Vamos creciendo.

Y en ese dolor que implica crecer, es mi padre quien logra demostrarme que no todo está perdido. Y con un simple gesto logra llevarme nuevamente a esa edad. Porque con un simple mensaje de texto diciendo ‘Feliz día, Pablo’; logró llevarme de nuevo a esas mañanas. A ‘Hola Domingo’ en la radio. A caer sobre su colchón. A sus mimos. Sus saludos. Al autito rojo. A la pelota. A la infancia. A tener ganas de correr a ustedes, amigos, para mostrarles mi regalo, el guiño que me dio mi papá para sentir que, al menos por hoy, puedo jugar a ser un niño.